El año de las PRECIPITACIONES ESTIVALES y la SEQUIA OTOÑAL
A pesar del importante papel que desempeña el tiempo en nuestras vidas, y de la gran popularidad de la que gozan las predicciones, -de forma especial en períodos vacacionales- la memoria meteorológica se diluye rápidamente con el paso de los meses y de los años. Es difícil recordar si un invierno fue lluvioso, o si hizo más viento de lo normal en otoño.

Las cosas se ponen más fáciles al invertir las pautas de normalidad: si el verano ha venido lluvioso y frío, o si una primavera inusualmente cálida nos permitió bañarnos en la playa, lo extraño de la situación posibilitará el recuerdo. Del mismo modo, un fenómeno de especial rareza o virulencia deja huella. Al igual que el huracán Hortensia de 1984 ya forma parte de la mitología popular, serán muchos los que recuerden este año, como el del invierno en el que una ola gigantesca arrasó 65 metros del paseo marítimo coruñés en Riazor, o el otoño seco que dejó a la vista antiguas construcciones, -puentes, casas e incluso cementerios- en embalses como Portomarín o Cecebre.
Lo cierto es que, más allá de estos hitos, el ciclo que concluye con el invierno que se acaba de marchar ha sido anómalo. Baños en primavera, lluvia y frío en verano, sequía en otoño y temporal de olas gigantescas en invierno. Ninguna estación se ha librado de ofrecer una estampa atípica, para lo que sería lo habitual en ese período del año.
Hace un año, la primavera arrancó con una calidez inusual. El mes de abril, dejó imágenes de gente paseando en las playas, y bañistas remojándose en el agua. El tiempo benigno de la estación, hacía pensar en un verano de carácter tropical. Y, sin embargo, llovió como nunca. En julio, las precipitaciones fueron abundantes, especialmente entre los días 15 y 22, lo que se reflejó en los litros acumulados en las estaciones: en Ferrol, por ejemplo, se registraron 73 litros por metro cuadrado, cuando lo habitual habría sido entre 13 y 32. En agosto, las lluvias se acercaron más a los valores normales, aunque las tormentas de finales de mes en el interior, dejaron precipitaciones por encima de la media.

En cuanto a los termómetros, ambos meses estivales registraron temperaturas bajas, con registros inferiores a los valores climáticos de la temporada. La inestabilidad y los centros de bajas presiones, contribuyeron a la sensación de que el verano no había hecho honor a su nombre.
El otoño, en cambio, vino seco. En zonas como las Rías Baixas, o el sur de la provincia de A Coruña, los registros de octubre se quedaron por debajo de los 10 litros por metro cuadrado. Noviembre, siguió una línea similar, con la excepción de Ourense, donde las intensas precipitaciones de solo dos jornadas, llevaron al mes a un nivel de normalidad. En esas mismas fechas, los cielos despejados, los mismos que no dejaban lluvia, contribuyeron a un descenso de las temperaturas mínimas, por lo que la sensación de frío fue constante. Algo similar, ocurrió a mediados de diciembre, cuando en muchas comarcas el mercurio marcó registros bajo cero.
Una ola de 20 metros, destroza el paseo marítimo de A Coruña








































