Maltrato a los animales, TOLERANCIA LEGAL (dar vuestra propia opinión)
Recabando información en la prensa sobre los motivos por los que el Ayuntamiento de Palma decretó el cierre del hogar de animales abandonados del "Centro Canino Internacional", y también sobre los fundamentos de la decisión judicial que había dejado temporalmente en suspenso dicha clausura (suspensión cautelar, levantada hace pocos días), me tropecé con la foto. En ella se veía a un perro pequeño -de no más de cuatro o cinco kilos- extrañamente situado junto a la puerta de entrada del citado refugio de animales. Estático, como si estuviera dormido -en una posición imposible-, completamente vertical a dicha entrada. Pero una más detallada observación permitía comprobar el horror. Había sido colgado del cuello con un lazo corredizo de alambre, con el suelo a unos cinco centímetros de sus patas traseras, donde había fallecido asfixiado por su propio peso, seguramente después de haber pataleado, sin éxito, durante minutos (¿horas?). Al parecer, dicha "valiente" hazaña había sido llevada a cabo por alguien -un auténtico "neandertal", presumo yo- disconforme (ignoro si con razón legal, o no; es irrelevante) con que dicho centro aún permaneciera abierto.

Una de las personas más sensatas que conozco vio la foto conmigo, y preguntó espontáneamente: "¿Cómo puede alguien hacer algo así a un ser inocente e indefenso? Es casi tan horrible (salvando las distancias) como asesinar a un niño". Yo entonces, todavía consternado por la imagen, le respondí, casi sin pensar: "¿Es que crees que si el Código Penal no lo considerase un delito, no habría muchos más asesinatos infantiles? Porque hay gente para todo".
Curiosamente, nuestra especie -el ser humano- es capaz de lo mejor, y también de lo más terrible, en todos los ámbitos. De hecho, mientras algunos destinan desinteresadamente su tiempo libre y escasos recursos a recoger y cuidar animales abandonados, otros, en cambio, los abandonan en el arcén de una autopista cuando se cansan de ellos, arrojan cabras desde un campanario, o compiten arrancando la cabeza a un pato vivo, entre otras actividades festivo-culturales de arraigo popular.
Y aunque es cierto que la legislación va siempre por detrás de los cambios sociales, se hace ya imprescindible -además de una intensa campaña de educación a los niños en los colegios como asignatura obligatoria- una reforma legislativa que suponga un auténtico reconocimiento y protección legal de los derechos de los animales. De todos en general (incluidos los que son utilizados como sujetos de la experimentación animal -tema del que habría mucho que hablar-), pero empezando, al menos, por los domésticos.

Por una parte, una legislación administrativa que exija ciertos requisitos -y algún tipo de control y supervisión posterior- para que quien decida adquirir un animal de compañía acredite por qué lo hace y cuales serán las posteriores condiciones de vida de aquel. Porque, a estas alturas de nuestra "civilización", sigue siendo demasiado fácil comprar un perro o un gato sin ningún tipo de control sobre su destino: sea servir de regalo al sobrinito en Navidad, o hacer una sopa con él. Tan sencillo como adquirir una alfombra o un cuadro. Quizá, por eso, quien luego se cansa del "bicho", ve natural deshacerse de él como de un mueble viejo o pasado de moda.
Y, por otra, una reforma del Código Penal, que considere -de una vez por todas- como Delito (con penas de prisión proporcionales al resultado) el maltrato a los animales por acción o por omisión. En la línea, ni más ni menos, de otros países avanzados de nuestro entorno.
Estaba yo en esas reflexiones, cuando llegó hasta mí otra noticia sorprendente: "Una mujer estadounidense pagará 100.000 dólares (cerca de 70.000 euros, al cambio) para que una compañía surcoreana clone a su perro fallecido: un pit bull llamado Goober".

Es decir, el otro extremo triste y absurdo. Porque el clonado -por mucho que se parezca físicamente- ya no será su perro, sino otro. Y porque, dadas las evidentes posibilidades económicas de la interfecta, seguramente esa amante de los animales podría recoger y hacerse cargo de media docena de perros abandonados dándoles una oportunidad de la que -sin su ayuda- nunca dispondrán. Oportunidad, de la que Goober -al que no dudo que siempre recordará con cariño, pero que ya ha pasado a mejor vida ¡con todas las consecuencias, señora!- sí gozó. Además de que, con lo que le sobrara de dicho puñado de dólares -que sería mucho-, también podría hacer el bien a muchos seres humanos desfavorecidos, por ejemplo, niños sin hogar, de quienes nuestro amor a los animales tampoco puede hacernos olvidar.
Hace doscientos años, Byron escribió el siguiente y bellísimo epitafio para su perro: "Aquí reposan los restos de un ser que poseyó la belleza sin la vanidad, la fuerza sin la insolencia, y el valor sin la ferocidad. Tenía la grandeza de los grandes hombres y ninguno de sus defectos".
Se dice que también afirmó: "Cuanto más conozco a los hombres más quiero a mi perro". ¿Que quieren que les diga? Yo -a veces- también.
Fuente: Opinión Personal, del abogado Manuel Molina Domínguez, para el Diario de Mallorca.
Desalojo del Centro Canino Internacional

































m-n-rivers dijo
Siempre que leo tus post más sobrecogedores, un escalofrío recorre mi cuerpo, y las lágrimas llegan hasta mis ojos sin atreverse a salir.
Por favor ¿qué tenemos que hacer para que las leyes se adapten a los derechos de los animales? ¡Movilización YA!
26 Marzo 2008 | 12:22 AM