Asesinando el planeta Tierra
Mi padre está de pie en el corredor de la casa, mirando a lo lejos. De repente, respira profundo y dice a mi madre: ¡llegaron los julios mija! Y es que, cuando escuchábamos esta expresión, era para confirmar que daba comienzo el verano; sabíamos que en los meses de julio y agosto, tendríamos días totalmente despejados y caniculares. Eran días, en que los patios de tierra se cuarteaban, y en medio de nuestros juegos de niños levantábamos polvaredas, mientras en los carboneros de cortezas rugosas se amontonaban las cigarras, con su gritería insoportable, y mi padre al escucharlas decía: “solo se callarán en el momento en que se revienten de tanto cantar”.
En esos días, corríamos con las varas de pescar hasta la quebrada de aguas cristalinas, rodeada de juncales, donde sacábamos peces a granel. Como pueden ver, todo esto suena a cuento, pero un día fue verdad, yo lo viví apenas si hace 40 años.

Estamos ya a mitad de julio, debería ser verano, pero el invierno arrecia como nunca en el trópico, y considero que una de las razones de este cambio brutal en el clima, fue dada el día que se inició una nueva cultura cafetera, cuando decidimos, que para mayor producción del grano, era necesario tumbar los árboles y los guaduales, porque la variedad de café caturra no aceptaba sombríos.
Y fue entonces la época de bonanza, que hizo que el hombre olvidara la fauna y la flora como parte del equilibrio natural, porque fue enceguecido por la ambición. Y entonces, hubo dinero con qué construir piscinas en las fincas, con qué comprar carro para cada uno de los miembros de la familia y para ir de vacaciones al extranjero. Entonces, fue ahí, cuando pusimos nuestro granito de arena para el cambio climático y la desaparición de especies nativas.

El precio a pagar
Después de cinco décadas, nuestro producto insignia, el café, ya no es tan rentable, y las fumigaciones constantes con plaguicidas y fungicidas, contaminan las pocas quebradas que aún nos quedan después de la deforestación masiva. El invierno, implacable, causa deslizamientos en terrenos totalmente desprotegidos de vegetación, y a pesar de que llueve torrencialmente, es muy poca el agua apta para el consumo humano. Hemos crecido de manera desmesurada, y sin ningún respeto por los recursos naturales.
En poblaciones como Chinchiná y Palestina, vemos como Empocaldas (Empresa de Obras Sanitarias de Caldas), a pesar de que cobra en las facturas el vertimiento al alcantarillado, inclusive con un mayor costo que la misma agua que se consume, no se ha construido una planta de tratamiento de aguas residuales, y por eso nuestros ríos y quebradas son verdaderas cloacas. Y para hacer mas dramática la situación, muchos cafeteros vierten a estas fuentes el mucílago.

Pero algunas fincas, así como Empocaldas, son empresas a las que solo les interesa ser rentables, y pienso que el concepto no es malo, pero ¿se justifica poner en riesgo el futuro de la humanidad por unos pesos?
De continuar así, en pocos años no importará el café, el petróleo o Empocaldas, no señores... importará solo el agua, y habrá batallas para conseguir el valioso líquido que nosotros a diario contaminamos.
Si esta tierra es prestada de nuestros hijos, acaso ¿no es esta razón suficiente para sentir felicidad cuando se planta un árbol?

Si la tierra es nuestra casa ¿porqué razón la hacemos inhabitable? Increíble que no veamos el resultado final, es decir, el sufrimiento de las generaciones futuras. ¿Acaso nuestro planeta no es una empresa en la que vale la pena invertir?
Es increíble que este tema sea en muchos espacios ”una verdad incómoda”, como lo dice Al Gore. Pero aún estamos a tiempo, vale la pena intentarlo, vale la pena creer que un día se podrá pescar en el lago de Chinchiná.

Fuente: Antonio María Osorio Ramos, Diario La Patria (Colombia)









































