La destrucción como progreso
Izquierda: "Pienso en las playas, hoy invadidas por variedad de vehículos automotores que contaminan con su ruido y su presencia, destruyendo y aniquilando la vida natural, provocando al mismo tiempo, accidentes, falta de tranquilidad y dando pruebas de una total ausencia de respeto y criterio para la convivencia y la paz..." ©Prensa Libre
Los linderos entre la destrucción y el progreso son sinuosos y poco claros en este sistema, donde obtener ganancia es la meta, sin importar cómo se logre. En pos de un progreso que se presenta como modernidad, se cometen barbaridades que tienen costos demasiado altos; buscando convertirnos en país desarrollado, se ha infligido al territorio heridas profundas, que para sanar requieren mucho tiempo y recursos. Vale mencionar como muestras los lagos de Amatitlán y Atitlán, así como la mayoría de ríos y fuentes de agua.
La cultura imperante difunde modelos de vida que destruyen la naturaleza y enajenan a las personas. Para constatarlo, basta con echar una mirada alrededor: el excepcional paisaje que rodeaba al Valle de la Asunción, por ejemplo, reúne hoy los peores males que hacen de la calidad de vida, un privilegio en riesgo de extinción. La publicidad ha hecho de la capital una ciudad invadida por anuncios, carteleras, vallas y un sinfín de imágenes impresas, que no sólo tapan la vista de volcanes y montañas, sino aturden a los habitantes con mensajes poco estimulantes. Pasarelas, postes del alumbrado, paredes, paradas de bus sirven para colocar todo tipo de objetos que van desde los sofisticados mupis, hasta letreros y logotipos 1.000 veces repetidos. Pueblos y aldeas de todo el país, han sido uniformados por compañías que pintan escuelas, casas y edificios comerciales con sus campañas a favor del consumo de productos no siempre saludables, como las bebidas alcohólicas.
Y todo esto sucede ante una ciudadanía inerme, pasiva, que no se da cuenta o que teme hacer valer sus derechos. Vemos cómo proliferan las antenas y repetidoras en sitios donde pueden provocar efectos negativos, aparte de manchar el paisaje. El cerro Alux, el Volcán de Agua y cientos de pueblos han sido minados por esta plaga, que se generaliza bajo el señuelo del acceso a la comunicación.
Estos problemas vienen de antiguo y tienen muchas causas, pero también se les puede achacar a quienes de manera inescrupulosa, con alevosía, dañan los ecosistemas, como si eso importara un comino. La destrucción de bosques, que las autoridades han permitido de manera solapada, amparadas en leyes y reglamentos absurdos, es un viejo conflicto, que día a día cobra más kilómetros de superficie talada, de especies puestas en peligro, desaparición de comunidades.
Da la impresión que los guatemaltecos no quieren a su país: en cuanto descubren un sitio hermoso, se dan a la tarea de hacerlo droga. Pienso en las playas, hoy invadidas por variedad de vehículos automotores, que contaminan con su ruido y su presencia, destruyendo y aniquilando la vida natural, provocando al mismo tiempo, accidentes, falta de tranquilidad y dando pruebas de una total ausencia de respeto y criterio para la convivencia y la paz.
Fuente: Ana Cofiño, para ElPeriódico de Guatemala








































