El pescado muerto que se descarta y se devuelve al mar alimentaría a toda África
Según la Organización de las ONU para la Agricultura y la Alimentación (FAO), cada año se desecha en el mundo el 8% de las capturas. Son 7,3 millones de toneladas, cantidad que equivale al consumo anual de pescado y marisco de todo el continente africano. O lo que es lo mismo: esta cantidad serviría para dar un kilo de pescado al año a cada habitante del mundo. La media mundial empeora en el caso de Europa. La industria comunitaria desecha 1,3 millones de toneladas, que equivalen al 13% de sus capturas. Pero eso es una media. En algunas pesquerías, como la de arrastre, el nivel de descartes llega al 70%, según la UE, o hasta el 90%, según expertos independientes.
A Jesucristo se le atribuye el milagro de la multiplicación de los peces. Donde había unos pocos, logró dar de comer a cientos de personas. Dos milenios después, toda nuestra tecnología obra cada día el milagro inverso: pescar 10 y dar de comer a uno. Por increíble que parezca, esto es lo que hacemos.

En inglés se llama 'bycatch' (captura accesoria) y, en español, descartes de pesca, pero no es más que un desvío para decir algo simple: tirar pescado por la borda. Cada día, millones de peces no deseados son arrojados al mar. Lo hacen muertos o moribundos, tras pasar tiempo aplastados en las redes y expuestos en cubierta. El índice de supervivencia es muy bajo y la mayor parte se pierde para siempre.
¿Cómo es posible que esto ocurra? El motivo es una mezcla de factores económicos y normativos, explica el científico marino Javier López, de la organización Oceana. En ocasiones, el pesquero sólo se queda con lo más valioso y desecha aquello que carece de mercado. Pero también influye el entramado legal. Hay barcos europeos que no tienen permiso para ciertas especies, o han completado ya la cuota asignada o, sencillamente, han capturado ejemplares que no dan la talla mínima. En todos los casos, el destino es el mismo. Acaban muertos en el mar.

Para Javier López, esto es un dispendio económico y una amenaza para los stocks futuros, además de un desastre biológico. Y en los mismos términos opina ahora la UE. Los descartes de pesca son algo "inmoral y sin justificación", ha afirmado la comisaria europea de Pesca, María Damanaki, quien reunió a los ministros de los países miembros el pasado 2 de marzo de 2011 para plantearles que hay que poner fin a esta práctica. En ese encuentro, Damanaki afirmó que en Europa la mitad de la extracción de pescado blanco se tira por la borda. "Si seguimos así, la capacidad de los ecosistemas marinos estará en peligro y los pescadores y su familia pagarán la factura", recalcó.
La comisaria quiere presentar una propuesta en los próximos meses para implantar una prohibición de los descartes a partir de 2014, cuando debe aprobarse la nueva Política Pesquera Común (PPC). A favor de actuar rápido estuvieron países como Gran Bretaña, Alemania o Francia. España adoptó una posición más suave. La ministra de Medio Ambiente y Medio Rural y Marino, Rosa Aguilar, pidió que la posibilidad de vetar los descartes a partir de 2014 se estudie "pesquería por pesquería" y se debata "con el sector". Hay que tener en cuenta que España es una de las grandes potencias pesqueras de la UE y el Ministerio de Medio Ambiente, Medio Rural y Marino ha estado muy cercano a los intereses del sector pesquero desde la etapa de Elena Espinosa, quien dejó el cargo en noviembre.

El sinsentido de los descartes aparece como un monumental error de mercado y como un ejemplo de los efectos perversos que pueden llegar a tener un exceso de normas bienintencionadas, dicen los expertos. Como explica Javier López, eso no hubiera ocurrido hace décadas en Europa ni ocurre hoy mismo entre los pescadores artesanales de países pobres. Porque, cuando hay necesidad, todo el pescado sirve para algo. Se aprovecha y, desde luego, se lleva a puerto para utilizarlo.
Pero ahora, una mezcla de pesca concebida como un proceso industrial, un mercado que sólo quiere pescados de gran valor añadido y unas normas protectoras que no funcionan hace que la flota trabaje en una especie de suicidio colectivo. Tirar al mar un pez porque ya se ha superado la cuota o porque es más pequeño de lo permitido no ayuda a proteger el mar: el resultado es que el pez muere igual y encima lo hace en balde, porque nadie lo aprovecha.

Ante este panorama, acudir a la pescadería puede convertirse en una agonía si uno se considera un consumidor comprometido. Pero hay soluciones. La UE propone algunas para 2014, que irían en función del tipo de flota y del tipo de pesquería. Se quiere regular el esfuerzo, es decir, bajar el número de horas y de días que puede faenar cada barco. También se piensa en imponer otro tipo de cuota: la cuota de descartes de pesca que cada barco se puede permitir por jornada. Ambas medidas forzarían a cada barco a ser más eficiente y a mejorar sus métodos para mantener las capturas comerciales haciendo menos daño que antes.
La UE también quiere poner observadores en cada barco o cámaras a distancia para inspeccionar las labores. Y se plantea permitir que los descartes se lleven a puerto y se destinen a derivados de pescado, que pueden emplearse en acuicultura, por ejemplo. Hay que tener en cuenta que la mayoría de las piscifactorías crían especies carnívoras, que necesitan comer otros peces para crecer. Hay toda una pesquería dedicada a abastecer a la acuicultura. Quien compra un salmón cultivado pensando que así ayuda al mar ignora que se han pescado al menos cuatro kilos de peces para criarlo.
Fuente: EL MUNDO







































