El espíritu de Cuca
Hace dos años que se fue, y todavía me siguen atormentando los recuerdos de sus últimas horas de vida. Tan penosas fueron para mi, tan terribles, que muchas veces ensombrecen los buenos ratos que pasamos a lo largo de trece años juntos, seguramente irrrepetibles. Nunca he llorado tanto en mi vida como durante aquellos angustiosos días, en los que a pesar de las necesarias esperanzas, sabía que tarde o temprano llegaría el final. Y no me da ninguna verguenza reconocerlo aquí, en un medio público, a la vista de todos. Creo firmemente, que las muestras de dolor causadas por la muerte de un animal querido, son la manifestación máxima de sensibilidad en un ser humano. Por otra parte, afortunadamente no he tenido que lamentar hasta el día de hoy desgracias personales mayores, como la muerte de un familiar o de un amigo. Sé que le hemos proporcionado una vida maravillosa, y al final ese buen sabor de boca es el que prevalece.
No creo en el más allá, no soy una persona creyente. Ni falta que me hace. Pero si lo fuera, pensaría que ahora mismo Cuca está en el tan traído y llevado 'Cielo de los perros', jugando y corriendo con esos otros animales que quizá no hayan tenido la misma suerte en vida que ella... Hay gente —extremistas religiosos, en mi opinión— que asegura con total convicción que los animales en general, que los perros en este caso, no tienen alma, y que por lo tanto no pueden ir al 'Cielo' en el momento de su partida. Y no me molesta esta afirmación, ni mucho menos. Como ya he dicho antes, no soy una persona religiosa. Lo que me duele realmente es ese aire de superioridad del ser humano, tan típico de la especie, y que le ha llevado poco a poco a separarse de la naturaleza, y de las demás criaturas que la habitan. Ese creerse por encima de todas las cosas, que tanto daño ha causado y está causando. Al fin y al cabo, la palabra 'animal' viene de 'ánima', que significa alma, ¿no?

Llegados a este punto, deberíamos echar la vista atrás —exactamente 7.000 años—, para asombrarnos y tomar buena nota de esta noticia, publicada en los medios de comunicación de todo el mundo hace poco más de un mes. En ella se detalla el insólito hallazgo en Siberia, por parte de un equipo de investigadores de la Universidad de Alberta, de un perro de raza 'Husky' enterrado por una familia de humanos, y en compañía de otros humanos fallecidos, "como si fuera un pensamiento, una conducta social, como si fuera un humano", en palabras de los propios expertos. Pero no queda ahí la cosa. Además, los antropólogos también descubrieron el esqueleto de un lobo junto al cráneo de una de las personas enterradas. "Quizá lo hicieron para que el animal actuara como su protector en el más allá". Lo trataron como una persona "porque sabían que tenía alma y lo enterraron para protegerla adecuadamente", sentencian los investigadores.
¿No es esta una historia preciosa? ¿Qué nos ha pasado, de un tiempo a esta parte, para modificar de una forma tan drástica nuestro comportamiento y nuestra forma de tratar a los más fieles compañeros que hemos tenido en nuestro apasionante viaje a través del tiempo y de la vida? (no olvidemos que hay estudios que demuestran que los perros llevan conviviendo con el hombre desde hace por lo menos 40.000 o 50.000 años) ¿Somos realmente tan civilizados como queremos pensar, como nos gusta pensar? ¿No seremos más salvajes hoy en día, que aquellas admirables personas que se hacían enterrar con sus mascotas, para irse con ellas al 'otro mundo'? Reflexionemos todos sobre esto.

Los perros nos ayudan a ver, a oir, a sentir, a socializarnos. A no caer en la apatía, en la depresión o en la tan temida soledad. A movernos con seguridad por el mundo, en definitiva, y a mejorar nuestra autoestima. Los perros, nos ayudan en los malos momentos, nos reconfortan, nos hacen sentir mejor, tanto física como psícológicamente. Los perros nos ayudan cuando sobrevienen desastres naturales de proporciones apocalípticas (vease el reciente terremoto y posterior tsunami en Japón). Los perros, incluso, nos ayudan a detectar enfermedades como la epilepsia o el cáncer, y a controlar otras como la diabetes. Los perros no nos abandonan hasta el final, y en muchas ocasiones nos salvan la vida. Existen infinidad de historias, películas, monumentos y reconocimientos de todo tipo repartidos por el mundo entero en memoria de estos perros heróicos. Tal es su fidelidad. Los perros, en fin, "sirven" para casi todo. Y uno, casi sin aliento después de leer todas estas fantásticas cualidades, no puede por menos que preguntarse, ¿no se merecen un trato más digno por nuestra parte? (Para más información sobre todas estas facultades caninas recomiendo leer el libro 'De perros que saben que sus amos están camino de casa' de Rupert Sheldrake)
Por estas y otras muchas razones, no entiendo como alguien es capaz de causar daño a cualquier animal, independientemente de la especie a la que pertenezca. Solo hay que asomarse a la sección titulada'maltrato animal' de este mismo blog para darse cuenta de la brutalidad de la que somos capaces. Afortunadamente todavía queda gente buena. Gente que no ha perdido, incluso, la noble costumbre de enterrar a sus animales, ya sea en una modesta zona ajardinada cerca de casa, o en un gran cementerio para mascotas, con capacidad para miles de animales, y con todo lujo de detalles. Todo es poco, para dejar constancia de nuestro más sincero sentimiento de gratitud y compasión. Esta extraña dualidad del ser humano, que es capaz de lo mejor y de lo peor, es la que a menudo me hace pensar que el hombre pasará a la historia por ser la criatura más extraordinaria de la creación, pero también por ser la más estúpida.

Cuca me ha enseñado a amar la naturaleza y los animales todavía más, si cabe. Como ya apuntaba hace tres años en la introducción a 'Terrorismo Ambiental', sin una férrea educación en valores de amor y respeto hacia otras criaturas desde la niñez, difícilmente lograremos despertar un sentimiento de pertenencia a la Madre Naturaleza.
Hoy es Dana la perrita que ocupa ese gran vacío que dejó Cuca en mi interior. Es un cruce de spaniel bretón de algo más de dos años de edad, que adopté en un refugio de Tuy, en Galicia, el 7 de enero de 2010. Curiosamente, Dana guarda un gran parecido físico con Cuca. Alguien diría que es su reencarnación, siguiendo el hilo un tanto místico de este relato. Si bien, aquella es visiblemente más grande, y tiene las patas más largas... Yo sólo espero que la vida le de la oportunidad de vivir sana y feliz, durante muchos años. Y a mi, que me permita compartir junto a ella todo lo que nos espera de ahora en adelante.
¡El espíritu de Cuca sigue vivo!
Manuel Sobrino Senra, administrador de Terrorismo Ambiental








































Soraya dijo
Comprendo muy bien tu pena, yo tambien perdí un gran amigo (de cuatro patas)hace años y hoy ocupa su lugar nuestro perro al que le llamamos igual en honor al otro, Athor. Besos y un gran abrazo Manuel.
16 Abril 2011 | 11:03 AM